Relato de la muerte de César Borgia

Tiempo de cenizas

Diez años después de regresar a Barcelona, en la primavera de 1514, Joan y Anna, sentados junto al fuego del hogar, rememoran a quienes conocieron en la época en que vivieron en Roma.
—Lucrecia Borgia parece feliz —le contó Anna a su marido con las cartas de su amiga en el regazo—. Sus anteriores matrimonios le destrozaron el corazón y la convirtieron en una simple moneda de cambio, un instrumento de las ambiciones políticas de su familia, pero ahora gobierna en Ferrara junto a un esposo de su elección. Y a pesar de la muerte prematura de varios de sus hijos pudo darle al fin herederos al duque. Después de todas las calumnias que los enemigos de los Borgia volcaron sobre ella en Roma, ahora es amada y respetada. Su tertulia literaria es famosa en toda Italia.
—¿No está ese poeta, Pietro Bembo, en su tertulia? —preguntó Joan con malicia.
—Una relación absolutamente platónica —aseguró Anna seria—. Lucrecia es una esposa fiel.
Joan la miró con una sonrisa socarrona.
—Es cierto —reafirmó ella ceñuda.
—Es un consuelo que alguien de esa familia termine bien.
—Y no sabéis cuánto me alegro; Lucrecia es una mujer extraordinaria, ha sufrido mucho y merece ser feliz.
—Extraordinario fue en verdad su hermano César —dijo Joan—. Creíamos que terminaría en la prisión del castillo de Chinchilla, pero no fue así.

—¿Será cierta la historia de que estuvo a punto de arrojar al gobernador del castillo, un verdadero gigante, desde lo alto de la torre? —se preguntó Anna.
—Eso parece, y cuando le falló el plan se rio diciéndole que solo era una broma. Muy propio de él. Estoy seguro de que trataba de escapar. Como hizo después del castillo de Medina del Campo. Alguien dio la alarma, los centinelas cortaron la cuerda con la que César se descolgaba de la torre y este cayó, dando con sus huesos en el foso de la fortaleza —recordó Joan con una sonrisa—. Malherido, y para asombro de todos, logró montar en un caballo y huir. La reina Juana de Castilla puso un precio de diez mil ducados a su cabeza y aun así, disfrazado, consiguió cruzar Castilla para llegar mes y medio después al reino de su cuñado Juan III de Navarra. Juan se encontraba en guerra y le nombró capitán general de su ejército. Navarra era, por aquel tiempo, antes de que la conquistara nuestro rey Fernando, un pequeño reino, y sin embargo representaba un buen refugio para César. Leedme de nuevo, por favor, el relato de su muerte.
—Ya sabéis que el relato no es de Lucrecia, sino una transcripción de lo que contó Juanito, el criado de César, que fue personalmente a Ferrara a darle la triste noticia —repuso Anna. Y comenzó a leer:

»La noche del 11 de marzo de 1507 una fuerte tormenta descargó sobre Viana, ciudad fronteriza entre el reino de Navarra y el de Castilla, cuya fortaleza asediaba César Borgia, al mando de las tropas de su cuñado, el rey navarro Juan III de Albret. Los campos circundantes estaban inundados, los centinelas del ejército navarro se relajaron, y el enemigo lo aprovechó para enviar un convoy de sesenta mulas con alimentos a los sitiados, y después otro y otro. Sin embargo, antes de que pudieran despachar un cuarto, los centinelas dieron la alarma.

»César se despertó sobresaltado y, al comprender lo que ocurría, ordenó a Juanito que le ayudara a vestir su armadura. Lo hizo a toda prisa, montó en su caballo y le dijo a su escudero que alertara al rey y a las tropas y, sin esperar más, se lanzó a la búsqueda del enemigo. Se sentía bullir de ira. ¿Cómo podían ser tan incompetentes los centinelas? Serían unos traidores o estarían comprados. El esfuerzo de semanas de asedio en aquel barrizal había sido vano. ¿Cómo esperaba su cuñado ganar aquella guerra?

»El terreno que rodea Viana es llano, pero cortado por pequeñas gargantas y fosas. César, furioso por el contratiempo, se lanzó al galope hacia donde suponía que iba a encontrar al enemigo, solo en la negrura de la noche, sin esperar ayuda. Como era previsible, su caballo tropezó en la oscuridad y César cayó al suelo embarrado, produciendo un gran chapoteo. Se levantó rabioso maldiciendo su ingrata suerte y, a pesar de su armadura y del agua, gracias a su extraordinaria fuerza, fue capaz de volver a montar. Vislumbró en la oscuridad la retaguardia enemiga, que huía, desenfundó su espada y cargó sobre ella al grito de “Navarra”. Sin detenerse ni esperar a nadie, mató a tres soldados que trataron de contenerle. Furioso con la fortuna y su propio destino, derrochando un valor suicida, se lanzó al galope, aullando de rabia, en persecución de los que huían.

»Luis de Beaumont, el capitán enemigo, envió sus tres mejores caballeros contra aquel jinete desconocido que parecía el ángel de la muerte. Lograron acorralarle en un barranco, fuera de la vista de las tropas navarras, que al fin se habían puesto en marcha. César comprendió que no tenía posibilidad alguna de escapar y, sin pedir tregua, arremetió contra todos ellos, devolviendo golpe por golpe.

»Al fin, cuando tenía el brazo en alto con la espada levantada, un jinete pudo clavarle su lanza en la axila, uno de los pocos lugares donde su armadura era vulnerable, y le derribó del caballo. Ya en el suelo, César supo que él, que había soñado con ser el rey de Italia, iba a morir en aquel lodazal, lejos de la gloria, de los oropeles, del poder. Aun así trató de incorporarse para continuar luchando. Apenas tuvo tiempo de musitar una oración. Los jinetes le fueron clavando sus lanzas, uno tras otro, en los resquicios de su armadura, hasta bastante después de que hubiera muerto. Solo cuando supieron que aquel cuerpo inerte no se movería más, desmontaron para robarle sus valiosas armas y su ropa, y lo dejaron desnudo y ensangrentado en el lodo.

»El capitán enemigo, al ver la lujosa armadura, ordenó a sus hombres que regresaran para recuperar el cadáver; sin embargo, estos se encontraron con las tropas navarras y tuvieron que retirarse. De vuelta capturaron al criado de César, que, inquieto, andaba a la búsqueda de su señor. Llevado a presencia del capitán, Juanito se puso a llorar al ver la hermosa coraza de César. “Pertenece a monseñor César Borgia de Francia, duque de Valentinois y de la Romaña. Yo mismo se la he puesto esta noche.”

»Luis de Beaumont, compadecido, ordenó soltar a Juanito, que consternado acudió al rey Juan III a darle la trágica noticia.
—Su espada tenía grabado en la hoja: «O César o nada» —comentó Joan triste—. Y ya veis; después de tanta lucha, tanta astucia, tanto poder, tanta traición, tanta riqueza, tanto valor y tanta muerte, ha quedado en nada.
—En su carta, Lucrecia decía que había escuchado con horror el relato —añadió Anna—. Había llegado a perdonar a su hermano por el asesinato de su anterior esposo, Alfonso de Aragón, y la noticia la conmovió y la llenó de tristeza. Escribió: «Resulta más bien extraño que cuanto más trato de doblegarme a la voluntad del Señor, más me colma de pesar… No obstante, me someto a los designios de Su Divina Majestad». Y prueba de su fuerza de carácter es que terminó las audiencias de aquel día y, como su esposo estaba de viaje, arregló los asuntos del ducado antes de recluirse durante un tiempo a orar en un convento. No ha tenido una vida fácil, y la muerte se ha llevado a muchos de sus seres más queridos, incluidos varios hijos, entre los que se cuenta el que tuvo con Alfonso de Aragón, su gran amor.
—Cierto —repuso Joan tomando la mano de su esposa—. Pero ¿quién dijo que la vida es fácil? Dado el tiempo en el que vivimos, yo diría que Lucrecia es afortunada, como lo somos nosotros.

Los esposos recogieron las cartas de sus amigos y los recuerdos por aquella noche y se acostaron abrazados. Al poco, Anna dormía plácidamente, pero a Joan el sueño se le negaba. Las memorias se amontonaban y se levantó en busca de su libro: «O César o nada», escribió. Y su mente se llenó de imágenes del tiempo de los catalani. ¡Qué esplendor, qué oropeles, qué vanidad! Y recordó las hogueras de Savonarola. «En algo tenía razón el fraile loco —anotó—. Al final, todo se reduce a nada. A un puñado de cenizas que esparce el viento. Ese es nuestro destino. Nuestros logros son efímeros y su valor no reside tanto en lo conseguido, sino en cómo se consigue.»


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